Red ibérica de Ecoaldeas

Centenares de pueblos y aldeas en España se encuentran abandonados desde hace décadas. Sumidos en el olvido y sin apoyo institucional, las posibilidades de retomar la actividad rural se hace, en nuestra época, una tarea sumamente compleja. Las ecoaldeas constituyen una de las ideas más innovadoras para la recuperación de la vida comunitaria en el medio rural y la reactivación de los pueblos. Buena parte de ellas se han creado en localidades y territorios que están abandonados desde hace mucho tiempo y se suelen iniciar en situaciones muy precarias. Mayoritariamente, son personas venidas de las ciudades las que buscan en las ecoaldeas un reencuentro con el medio rural y la naturaleza.

Pese a los múltiples inconvenientes que suelen surgir durante el proyecto de creación y consolidación de las ecoaldeas (rechazo local, problemas internos de relación, falta de recursos, falta de trabajo, problemas con la administración), hoy en día la Red Ibérica de Ecoaldeas acoge a una decena de pueblos y proyectos, tan solo una década después de su fundación.

José Luis Escorihuela, ‘Ulises’, es el alma mater de la red en el estado. Licenciado en Matemáticas (Zaragoza) y Filosofía (París-Sorbona), fue durante su vida urbana profesor de matemáticas en la Universidad de Zaragoza. Es fundador, a su vez, de la asociación Selba Vida Sostenible (www.selba.org ) y ha publicado “Camino se hace al andar. Del individuo moderno a la comunidad sostenible” (www.editorialnous.com). Ulises es una fuente de energía y de ideas, siempre dispuesto a los nuevos conceptos, y a redefinir todo lo que se necesite volver a repensar. Siempre dispuesto al compromiso sincero y directo. Un visionario que ha resultado fundamental en la colaboración y articulación de las diversas experiencias de vida comunitaria ecoaldeanas de la Península.

Ulises, fui testigo directo de tu fundamental compromiso en la creación de la RIE y de todas las dificultades iniciales. Explícanos resumidamente para la Fundación cómo resultó todo el proceso.
La RIE se creó en el encuentro de ecoaldeas que hubo en Artosilla [Prepirineo de Huesca] en 1999. En el encuentro de 1998, que fue en Permacultura Montsant, Agnieszka Komoch, entonces presidenta de GEN-Europe [la Red Global de Ecoaldeas], vino a España y presentó la red europea, pero la RIE no se creó hasta un año más tarde. Durante varios años me encargué yo solo de mover el tema e ir invitando a comunidades existentes a participar y formar parte de la red. El siguiente encuentro fue en Amayuelas de Abajo (Palencia), en 2000. Y luego vinieron los encuentros de Los Arenalejos y La Semilla, en el sur. Hasta que no fuimos a Lakabe (Navarra), en 2003, no hubo relevo. A partir de ese año Mabel y Mauge se empezaron a involucrar más y yo fui apartándome poco a poco de la coordinación, aunque durante todo el tiempo seguí como representante de la RIE en la red europea. Estuve en el encuentro del GEN-Europe en Lakabe (2000), en La Flechiere (2002), CAT (2003) y en todos desde el 2006 al 2009.

¿Has echado en falta esa visión de entender el compromiso como algo más global, además de local? ¿Quizás hubo reticencias al principio en formar una red estatal?
Creo que lo difícil es encontrar el equilibrio entre el compromiso global y el local. Algunas personas se sienten cómodas en crear o participar en grandes redes nacionales o internacionales, pero sin mucha base, sin un arraigo local. A otras les ocurre lo contrario. Conocen muy bien su terruño y luchan por defenderlo, pero no encuentran tiempo o ni siquiera les interesa saber que ocurre en otros lares y cómo podemos aprender unos de otros. Para mí, lo ideal, sería crear una comunidad con ambos tipos de personas para que unas puedan aprender de las otras y satisfacer conjuntamente ambas necesidades.

¿Qué ecoaldeas hay en la actualidad en la RIE?

En la actualidad, forman parte de la RIE Artosilla-Taldea, Lakabe, Matavenero, Chozas, Valdepiélagos, Pinos del Conde, Arcadia, Jardines de Acuario, El Cortijo y Valle de Sensaciones. Y como colectivos asociados: Red de Balas de Paja, Red de Permacultura del Sureste, Ecohabitar, Selba Vida Sostenible, Sunseed…

¿Qué aporta a la sociedad un conjunto de ecoaldeas?
Desde el GEN-Europe se ha llegado al convencimiento de que no se van a crear muchas más ecoaldeas en los próximos años. Las dificultades son muchas. Pero su valor es enorme, como laboratorios de experimentación de nuevas tecnologías tanto en la dimensión ecológica, como en la social y en la económica. No parece un modelo exportable a la mayoría social, tal vez es demasiado exigente, pero sí son buenos lugares para que la gente venga a experimentar y a practicar una nueva forma de vida más sostenible. Ese conocimiento se puede llevar después de vuelta a nuestros pueblos y ciudades para ir incorporando poco a poco algunas de las ideas que surgen en las ecoaldeas. Es lo que ahora se está haciendo con la creación de un programa educativo ecoaldeano [EDE: Educación en Diseño de Ecoaldeas], que cuenta con el apoyo de UNITAR (Agencia de las Naciones Unidades para la Investigación y la Formación). El EDE (www.gaiaeducation.net ) se ofrece en muchas ecoaldeas del mundo, así como en universidades y otras instituciones educativas. Yo estoy coordinando la versión virtual de este programa (GEDS: Gaia Education Design for Sustainability), que ofrecemos en español y en inglés a través de la UOC [Universitat Oberta de Catalunya].

El proyecto RuNa de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente impulsa y promueve la natural convergencia entre el medio rural y la naturaleza. ¿Qué tienen de RuNa las experiencias en comunidad como una ecoaldea?

Como bien sabes, el concepto de ecoaldea no se aplica sólo a comunidades rurales. Cada vez hay más gente interesada en las ecoaldeas urbanas. Y, de hecho, los cursos EDE enfocados a desarrollar ecobarrios y ecoaldeas urbanas son cada vez más demandados. En el medio rural tendría que ser casi natural convertir nuestros pequeños pueblos en ecoaldeas, para garantizar esa convergencia de la que hablas. Las propuestas ecoaldeanas en la dimensión ecológica de la sostenibilidad (diseño de espacios, producción de alimentos, construcción, energías, agua, etc.) son totalmente respetuosas con la naturaleza, pero además en casi todas las ecoaldeas europeas asentadas llevan a cabo programas de ‘restauración’, es decir de intervenir en ecosistemas degradados (por el hombre, no de manera natural) para recuperar su antiguo esplendor. Por otra parte, en la dimensión social de la sostenibilidad, las ecoaldeas trabajan activamente en formas decisorias participativas, inclusivas, más democráticas, tanto a nivel interno, como en colaboración con la comunidad externa existente.

Hablemos de los problemas y las alegrías más comunes que se dan en una ecoaldea.
El principal problema es nuestra dificultad para la vida comunitaria. Sobre todo, por el desconocimiento de lo que ello significa. Y por la falta de herramientas apropiadas para resolver esa permanente tensión entre individuo y colectivo. Sin ese conocimiento y sin esas herramientas los conflictos surgen rápidamente. En muchos casos, echando por tierra proyectos que, sin embargo, en otros aspectos estaban muy bien encaminados. Por otra parte, vivir en comunidad tiene grandes ventajas a la hora de satisfacer nuestras necesidades tanto materiales como afectivas: integración, apoyo, cuidado, amor, etc. Por cierto, recientes estudios confirman que una buena red de relaciones afectivas, algo que es inherente a la vida comunitaria, es un factor clave en contar con una buena salud.

Como persona viajera, que interactúa con diversas personas de diversos países y que conoce más o menos la situación medioambiental de cada zona, ¿cómo aprecias, al volver, la naturaleza española?
No creo que España sea diferente de otros países europeos. El desarrollismo está bien arraigado en nuestra cultura occidental y todavía tiene más fuerza que cualquier idea conservacionista o de protección de los ecosistemas naturales y de las comunidades locales. En la medida que el desarrollo económico ha traído bienestar material se considera incluso ‘progresista’. Como bien sabes, los sindicatos de clase tienen muy poco de ecologistas. Me parece muy difícil que esta forma de ver el mundo cambie si la protección de la naturaleza no se asocia a un aumento de la calidad de vida. Creo que todavía, por algún tiempo, habrá que ‘vender’ la naturaleza como un bien para el ser humano, antes de que éste reconozca que el mundo natural tiene valor en sí mismo.

Cuéntanos un poco más detalladamente el proyecto de vida comunitaria que habéis llamado Taldea. ¿Por qué surgió la necesidad?
En Taldea estamos ahora 6 personas (4 fundadoras y 2 ‘amigas’). La idea era crear un espacio más comunitario dentro del pueblo de Artosilla, aunque dadas las dificultades de desarrollar aquí el proyecto estamos abiertos a irnos a otro lugar. De momento estamos presentando nuestro proyecto en distintos foros, hacemos talleres y quedadas en Artosilla y nos trabajamos las relaciones personales. Este es precisamente nuestro fuerte. Dos veces por semana quedamos para ‘compartir’ a nivel emocional y sanar aquello que nos puede molestar. Utilizamos técnicas de ‘comunicación no violenta’ y de ‘procesos de grupo’.

Al hilo de todo esto que estamos hablando. Me interesa tu percepción de la dimensión humana. ¿Crees, como han dicho algunos autores, que la crisis ambiental actual se basa realmente en una crisis del ser humano?
Tal vez sea un poco exagerado decir que se debe a una crisis de valores del ser humano. En cada momento histórico el ser humano hace lo que sabe hacer, es decir lleva hasta el límite una idea, una forma de ver el mundo que la cultura se encarga de transmitir de una generación a otra. Cuando el resultado de sus acciones se contradice con sus expectativas empieza el cambio. Primero sólo lo ven algunas personas, más tarde se hace mayoritario. La única diferencia -que no es poca- entre esta crisis y otras que ya hubo en el pasado es su alcance y su posible irreversibilidad. Aunque se trate de una crisis ambiental global tengo claro que el ser humano en su conjunto ya ha empezado a darse cuenta de la necesidad de un cambio, aún más, el cambio ya está en marcha, de manera que con tiempo suficiente la crisis se resolvería. El problema es: ¿nos queda tiempo antes de que esto sea irreversible y el planeta entre en unas condiciones que hagan imposible la vida superior?

Copenhague, diciembre 2009. No sé en qué medida habrás seguido la conferencia internacional, pero ¿qué sensación se te queda ante un encuentro que había tenido que ser el principio de acuerdos vitales y que se ha quedado en lo que se ha quedado?
Seguí con detenimiento lo de Copenhague, pues fueron algunas personas de la RIE y una gran delegación de las ecoaldeas europeas. Si te he de ser sincero, no me esperaba otra cosa. Cuando antes decía que el cambio ya ha comenzado, en el sentido de que muchas personas en muchos niveles están trabajando o adaptando su vida a una forma de vida más sostenible, me faltaba decir que los dirigentes políticos, que en última instancia representan las mayorías sociales, o no se han enterado o más probablemente son bastante cobardes y tienen miedo de perder ese apoyo popular que tanto necesitan para seguir en su puesto. Creo que a ese nivel, de mayoría social, todavía falta mucho por hacer.

Miguel Martín Álvarez (runa.experiencias@felixrodriguezdelafuente.com)

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