El hombre que miraba a los ojos de las cabras.

El hombre que miraba a los ojos de las cabras.

El despoblado valle burgalés de Manzanedo revive gracias a una explotación de cabras alpinas francesas para queso ecológico. Y se convierte en el único habitado sólo por colombianos .

Ocurrió en la finca que explotaba en Lerma. Una paisana vio al ingeniero agrícola Alfonso Pérez-Andújar doblar su alta figura para beber un sorbo de agua del manantial.

-¿Qué pasa?

-No puede ser.

«Entonces dirigía una explotación ganadera enorme», recuerda Pérez-Andújar.

«Producíamos carne de vaca y de cerdo y regábamos los campos con sus purines los 365 días del año. Teníamos todos los permisos, pero el papel no sabe lo que es la Naturaleza. Trabajaba en un macroproyecto magnífico. Pero era una aberración. Ganaba dinero, cumplía las normas… y, sin embargo, aquello era una verdadera locura».

Hace quince años que Alfonso Pérez-Andújar, un dandy rural que calza zapatos franceses y usa anchos tirantes ‘Cabelas’ y gorra de basket, se cayó del caballo y descubrió la luz. Dijo adiós a los fitosanitarios, abonos y pesticidas, y, gracias a los conocimientos y a las ganancias de su pasado, compró 850 hectáreas en el fin del mundo. El valle se llama Manzanedo y se encuentra a diez kilómetros de Villarcayo, en Burgos.

«Es una locura, un terreno montañoso y agreste, la antítesis de lo que buscaría un ingeniero agrícola para ganar dinero. Pero aquí la Naturaleza es salvaje y virgen», susurra con una admiración que no disimula.

Dispuesto a no repetir la experiencia depredadora de sus años de juventud se ha decidido por criar cabras, un animal muy delicado y no muy del gusto de los industriales por sus aprensiones y gustos exquisitos, para producir queso ecológico. ‘Santa Gadea’ es aún un millar de raras y caras cabras alpinas francesas que crecen y se reproducen en galpones de madera y que pastan en las campas cercanas a la explotación.
A su cuidado se entregan siete peones colombianos, llegados para trabajar y repoblar con sus familias el abandonado Rioseco. Hoy conforman un lugar único en España, un auténtico pueblo ‘paisa’ con trece vecinos y cuatro casas abiertas. Montaña arriba, en San Martín del Rojo, vivía un pastor de ovejas, Manuel, que fumaba caldo de gallina y caminaba hasta la carretera tres veces por semana para cargar con pan para él y sus perros. Manuel, el último habitante del valle, murió hace un año. Alfonso, en un ejercicio de redención, ha plantado también 600 hectáreas con árboles autóctonos: quejigos (robles), chaparros (encinas), hayas… «La variedad vegetal del valle es espectacular», se extasia mientras señala las sabinas, los acebos, los endrinos de todos los colores, las aliagas y la madreselva, los tilos, tejos y espinos que pueblan las laderas. Una pareja de águilas sobrevuela el paraje. Después veremos dos corzos, los príncipes del bosque, ramoneando los tiernos brotes de la finca.
«¿Ven? El equilibrio natural es asombroso. Pero el hombre ha destrozado la Tierra. Yo me niego a seguir haciéndolo. No podemos seguir tratando a la Naturaleza como algo que nos conviene. Cuando era niño iba a pescar a cualquier río de España y había ranas, cangrejos, mariposas… ¿Qué vamos a dejar a nuestros hijos?», argumenta.
Ahora Alfonso está en lo verde. Y se entrega al mundo alternativo con pasión y conocimiento. Ha puesto su experiencia al servicio de una explotación modélica, que aprovecha los últimos adelantos y servicios de la ganadería, esta vez con marchamo ecológico, al servicio de las cabras.

Mil cabras, cero aroma

Cuando el forastero entra en los enormes pabellones donde viven cientos de cabras y cabritillos se extraña. Hummmm. Aquí no huele a chotuno. Sólo un leve aroma a heno se eleva de entre las reses. El secreto lo tiene un japonés: El doctor Terugo Higa es el descubridor del papel que juegan determinadas bacterias (las responsables, por cierto, de algunas nobles fermentaciones y podredumbres) en el medio natural.

Alfonso nos introduce en el complejo mundo de las explotaciones caprinas, de cómo los animales tienen su primer parto con 15 meses de vida y de que, una vez paridas, dan leche durante siete meses. «La producción óptima de un ejemplar adulto son tres litros diarios», apunta. La idea es producir 800.000 litros para hacer un queso único y con garantías para ser exportado a Estados Unidos «donde el 20% de todo lo que se consume es ecológico». «La leche de cabra es la más parecida a la materna, su grasa es la que mejor sienta a nuestro estómago», instruye. Habrá, asegura, dos tipos de queso ‘Santa Gadea’: uno, tipo Camembert (de pasta blanda y cremoso) y, otro, estilo Crottin, algo más curado. En total, unos 100.000 kilos por año.

La tarea del pastoreo y ordeño de las cabras, de la plantación del arbolado y del cuidado de la finca corresponde a la cuadrilla de peones. Gabriel Ángel Restrepo (62 años) y su esposa Orfilia Giraldo (55), son los mayores. Gabriel recorre la finca muy orgulloso con el gigantesco machete ‘Bellota’ aferrado a la cintura en su funda con los colores de la bandera. «Nos gusta el sistema de trabajo, la tranquilidad y el estar muy aparte de ese entorno de ciudad con tanto bullicio.

Yo nací en un ambiente rural, después de que me hice persona estuve en mitad de la gente y ahora vuelvo al campo», dice el padre de Elkin, el rubicundo capataz. «Don Alfonso nos deja trabajar; no está encima de las personas: nos da pautas. Es siempre mejor trabajar en un ambiente limpio, que rodeados de suciedad», constata. Elkin, natural de Cali, tiene dos chiquillas: Denise estudia en el ‘Princesa de España’ de Villarcayo. La pequeña Mahena (dos años) está al cuidado de la abuela.

Los peones cobran unos 900 euros al mes y trabajan seis días a la semana, en un sistema de libranzas que permita el cuidado diario de las cabras. A esas tareas se aplican Arnulfo de Jesús Restrepo (de 58 años, casado con Dora Muñoz de 44, que cuida la casa del patrón y es madre de Sorelli), Albeiro Buitrago (23), Harrison Rozo (29), Rened Cárdenas y Ángel Gélvez, casado con Nancy, que viven en Villarcayo. El grupo lo completan Blanca y Lina Gómez, la secretaria.

«Voy sobre dos años y poquito por acá», dice con su suave acento Arnulfo de Jesús, de Amagá, en el departamento de Antioquia. «Y aquí me ve ‘dedicao’ a las cabras. Me gusta, sí señor. El trabajo del campo es bueno. Llegamos aquí como ganaderos ¿no es cierto? ¿Lo que me extraña?… Pues el clima. En Colombia, en verdad, son siempre 30 grados. En Burgos hemos visto nevar por primera vez en la vida. ¡Qué frío!», se sonríe.

Son gentes alegres y dóciles que suspiran por la comida paisa, el sancocho de gallina, los frijoles y las arepas, que combaten el tedio con la televisión por satélite y las canciones de Leo Dan, Pipe Bueno y Los Pasteles Verdes, pura música de despecho. «Aquí cuesta dormir, se sienta una a comer sola, a dormir sola, nadie pregunta por una… y los niños me lloran por teléfono», se duele Blanca Lucía Buitrago (34), madre de seis hijitos de quienes se despidió «echándoles la bendición» mientras dormían. «La diversión aquí queda muy lejos. Mi vida es ahorrar y ahorrar para irme rápido», dice.

Los hombres escaparon también de las obligaciones del servicio militar en mitad de la selva y frente a las FARC. Las imprevisibles y meonas cabras son, no es cierto, otra cosa. Aunque estén en mitad de ninguna parte.

J.Méndez/eldiariomontanes.es

Los derechos de la naturaleza.

Los derechos de la naturaleza.

En la reciente Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático, celebrada en Cochabamba (Bolivia), se habló ampliamente de una comunidad muy agredida y maltrecha, y se mostraron hacia ella constantes referencias de solidaridad y mensajes de apoyo. Hablaban, claro, del planeta Tierra, la madre naturaleza o la Pachamama, sinónimos todos de la más grande comunidad de vida conocida.

Lo sabemos pero lo ignoramos. La Tierra es un ser vivo, ahora malherido. Sufre una fiebre constante que, si continúa progresando, puede generarle algunas patologías irreversibles.

El aire que respira es cada vez más pobre en oxígeno y así, mal alimentada, envejece precozmente. Sus arterias –los ríos, el mar– están contaminadas e infestadas, lo que le resta energías. Las células que la conforman –especies vegetales y animales– corren el riesgo de desaparecer. Y el ritmo que le exige una de estas especies, la humana, es tan acelerado que –dicen los expertos– en menos de 20 años necesitaría una hermana gemela, un segundo planeta, para ser capaz de seguir ofreciendo y regalando todo lo que hoy le exigimos a golpe de perforadora, arrastrando redes sobre su lecho marino y envenenando su fina capa de piel –la tierra fértil– con químicos muy agresivos.

Conscientes de esta realidad, las más de 35.000 personas reunidas en Cochabamba (mayoritariamente campesinas, indígenas, pescadoras, miembros de organizaciones ambientalistas, de mujeres, de movimientos sociales, etc.) supieron ponerse de acuerdo y sentar las bases de una estrategia común frente al cambio climático, a diferencia de lo ocurrido en Copenhague hace unos pocos meses. Y así ha quedado recogido en el llamado Acuerdo de los Pueblos (www.cmpcc.org).

Entre las propuestas sobresale la iniciativa de consensuar una Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra. Fíjense. Si somos capaces de deconstruir nuestra concepción antropocéntrica, podremos entender y abrazar un planteamiento biocéntrico (según la terminología que define Eduardo Gudynas), donde añadimos a los derechos individuales y colectivos de los seres humanos –civiles, políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales– los derechos propios de ese otro ser, la naturaleza. Pero, decía, nuestras sociedades occidentales, fundamentalmente, han de hacer un esfuerzo para que se produzca este cambio de registro, pues llevamos muchos siglos considerando la naturaleza como un espacio salvaje que hemos de dominar para, bajo nuestro control, convertirla en una despensa supuestamente inagotable para el disfrute del ser humano. Aquí radica, desde mi punto de vista, una de las virtudes de la declaración: corregir un pensamiento que está en la base de la crisis global actual.

El proyecto de una Declaración de los derechos de la naturaleza ya tiene antecedentes. Para la nueva Constitución de Ecuador, la Pachamama es “donde se reproduce y realiza la vida” y “tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos” (artículo 72). A partir de esas premisas, la naturaleza pasa a ser ella misma objeto de derechos, tiene valor por sí misma, independientemente de la utilidad o usos que le quiera dar el ser humano y “toda persona, comunidad, pueblo o nacionalidad podrá exigir a la autoridad pública el cumplimiento de los derechos de la naturaleza”. Y de aquí nace otra de las iniciativas surgidas en Cochabamba: el Tribunal Internacional de Justicia Climática y Ambiental, que podría marcar justiciabilidad en aquellas acciones u omisiones que vulneraran los derechos de la naturaleza.

Como dice Alberto Acosta, una constitución (o, en este caso, una declaración) no hace a una sociedad, sino que es un proyecto político de vida en común que debe ser puesto en vigencia con el concurso activo de la sociedad. La elaboración y supuesta aprobación de esta Declaración se erigiría, y esta sería su segunda gran virtud, como eje orientador –como una nueva ética– para propiciar los cambios estructurales e impulsar las transformaciones que necesita nuestra sociedad global. Sin capacidad para exponerlos todos, resalta la revisión que forzaría al abandono de las políticas extractivistas en las que andan ahogadas muchas economías de los países del Sur como suministradores de los países ricos, incluido también el caso de Ecuador que, a pesar de todo, sigue promoviendo la explotación de petróleo en la región amazónica, la minería sin sentido o una agricultura dependiente de los agroquímicos. Aunque los seres humanos tenemos derecho a beneficiarnos del ambiente y las riquezas naturales que nos permitan un buen vivir (concepto también indigenista que excluye lujos innecesarios), este derecho debe ser compatible con los conjuntos de vida. No son aceptables extracciones de petróleo si atentan contra comunidades originarias, igual que no son aceptables técnicas agrícolas que acaban con ecosistemas de cualquier orden.

Desde los países andinos surgen propuestas de una capacidad transformadora inmensa, que seguro generarán muchas contradicciones y tensiones frente a la ideología del progreso imperante que asocia desarrollo sólo con crecimiento económico. Incluso puede que parezcan absurdas, como absurdas les parecía a los grupos dominantes la emancipación de los esclavos o la extensión de derechos civiles a los afromericanos, a las mujeres y a los niños y niñas.

Gustavo Duch Guillot – Diario Público

Andalucía. Agricultura ecológica y biodiversidad.

Andalucía. Agricultura ecológica y biodiversidad.

La agricultura y la ganadería no dejan de ser una intervención en el medio natural que produce una simplificación espacio-temporal de las comunidades existentes produciendo un impacto en el medio que en mayor o menor medida, afecta directamente a la Biodiversidad original. Por ello es indispensable que la agricultura tiene una gran influencia sobre ésta. Sabemos por los numerosos datos que se dispone que la agricultura racional e intensiva se ha encargado de machacar en las últimas décadas y aún hoy día, a la biodiversidad en su sentido más amplio. Sin embargo, la agricultura y ganadería ecológica es un modelo que precisamente tiende a recuperar, conservar y aumentar la diversidad de los agrosistemas.

Desde hace veinte años desde la Asociación CAAE venimos trabajando por y para el desarrollo de la producción ecológica. Somos conscientes de nuestra responsabilidad, por una parte como certificadora, con cerca de 800.000 hectáreas entre Andalucía y Castilla-La Mancha, y por otro lado, como asociación que trabaja con una visión global en formación, promoción, divulgación… en la tarea de tener un sector profesional y empresarial con una visión de conservación-producción de nuestro medio. Con la práctica de la ganadería y agricultura ecológica disminuye la emisión de gases responsables del efecto invernadero y las técnicas empleadas favorecen la existencia de diversidad de especies y diferentes ambientes, lo que afecta tanto a la biodiversidad, el agrosistema y a sus alrededores. La oposición a los transgénicos, el fomento y conservación de variedades y razas locales-autóctonas son medidas que apuestan por la diversidad genética. Además, estos recursos fitogenéticos pueden ser claves para el desarrollo de la agricultura en los próximos años ante el reto que se nos presenta con el cambio climático. Las razas y actividad ganadera son fundamentales en la prevención de incendios y por tanto en la conservación del medio natural.

Como Asociación CAAE se ha trabajado por innovar, creando líneas de trabajo con el objetivo de poner en valor la biodiversidad ante la sociedad en general. Campañas como la de diversificación del paisaje agrario llevan ya diez años funcionando. A través de ésta y mediante el convenio suscrito con la Consejería de Medio Ambiente, se han repartido más de 3 millones de plantas a lo largo de todo este tiempo, con el objetivo de que nuestros campos recobren la complejidad botánica que tenían antes de surgir la tendencia de la llamada agricultura moderna e intensiva a eliminar a todo elemento que no fuese el cultivo. Por otro lado la campaña sobre fauna beneficiosa ha puesto en valor a las numerosas especies de interés, tanto ecológico como económico, por su papel en la regulación natural de las plagas en agricultura. En los últimos años se ha editado material temático y organizado sobre treinta actividades específicas sobre este tema de diferentes comunidades contado con una gran aceptación. También se ha comenzado a trabajar en las aves insectívoras de los agroecosistemas considerándolas como unas reguladoras de plagas extraordinarias y por ello, con repercusión económica, es significativa la experiencia en dehesas.

La producción ecológica hace posible que la biodiversidad no se vea afectada de forma negativa y que nuestro entorno siga ofreciéndonos la posibilidad de disfrutar de nuestro patrimonio rural y natural. Los hombres y mujeres del campo son quienes lo ponen en práctica y por consiguiente los protagonistas. No obstante, no tienen toda la responsabilidad de cara a la conservación de la biodiversidad. Todos somos de una u otra forma responsables y hemos de tener conciencia de ello para así actuar en consecuencia, como así hacemos desde la Asociación CAAE.

Fuente: Francisco Casero Rodríguez. Diario de Cádiz.

¿Cosméticos? Sí, pero ecológicos.

¿Cosméticos? Sí, pero ecológicos.

La mayoría de productos de belleza que encontramos en el mercado contienen multitud de sustancias químicas susceptibles de provocar alergias. Ante esta realidad, la cosmética ecológica ofrece una alternativa natural cuyos ingredientes y ciclo de vida respetan nuestra salud y la del medioambiente.

Cada vez es mayor el número de efectos secundarios debidos al uso de cosméticos convencionales: según la Agencia francesa de Seguridad de los Productos Sanitarios (Afssaps), en 2008 se detectaron 193 efectos secundarios debido a los mismos. En el año 2007 habían sido 126, y 104 en 2004. El 66,5% de estos efectos están considerados como graves.

Según los datos aportados por Afssaps, el 70% de los casos registrados son de carácter alérgico. El estudio de los diversos casos de alergia desveló que se habían utilizado productos compuestos por las siguientes sustancias alergénicas: óxido de vitamina K1, ácido glicirrhetínico, galato de propilo, metileno bis-benzotriazolil tetrametilbutilfenol, hidrosilatos de proteína de trigo, etc.

Por otro lado, un 30% de los efectos secundarios registrados son de naturaleza no alérgica: de 193 efectos declarados, un 11% eran reacciones de irritación y el 19% eran casos de convulsiones y cuadros de acidosis metabólica.

Los productos implicados en todos los casos en que se registraron efectos secundarios pueden clasificarse como:

Alergénicos: tatuajes, tintes capilares, productos de cosmética facial y corporal, productos de higiene…

Irritantes: productos de cuidado del cabello, cremas corporales, cuidado facial, etc.

Dada la cantidad y variedad de cosméticos que utilizamos de forma cotidiana, y teniendo en cuenta que la gran mayoría de ellos contiene moléculas sintéticas en sus composiciones, resulta de vital importancia considerar la adquisición de cosmética natural y ecológica certificada.

¿Qué ingredientes y procedimientos de fabricación hacen diferentes a los cosméticos certificados de los no certificados?

La utilización de ingredientes naturales

Los cosméticos ecológicos certificados contienen un mínimo de 95% de ingredientes naturales. Independientemente del porcentaje del total de ingredientes provenientes de la agricultura ecológica impuestos por los diferentes sellos o marcas, los cosméticos ecológicos deben cumplir una serie de requisitos referentes a su composición:

Los ingredientes naturales (el agua que se añade al final de la fabricación de un producto se considera como un ingrediente natural) no pueden estar contaminados por metales pesados (cadmio, mercurio, plomo, cromo, cobre, níquel, zinc, arsenio o selenio), hidrocarburos cancerígenos (benceno, tolueno, xileno) ni hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), pesticidas, P.C.B y P.C.D.D./F. (dioxinas), residuos de medicamentos (antibióticos de síntesis, anabolizantes, etc.). También están prohibidos los nitratos para los productos vegetales y las nitrosaminas, clasificadas como cancerígenas por la Organización Mundial de la Salud.

Los ingredientes marinos se autorizan siempre y cuando resulten inocuos para la salud del consumidor, y los vegetales solamente cuando no provengan de especies en peligro de extinción según la catalogación europea (CE 338/97) e internacional de la Convención de Washington.

Las materias primas de origen animal están totalmente prohibidas

Los cosméticos ecológicos no pueden contener:

– Colorantes sintéticos, que pueden ser absorbidos por la piel, especialmente los colorantes azoicos. Normalmente se utilizan colorantes de origen vegetal y mineral (óxido de hierro, arcilla).
– Perfumes de síntesis que contengan ftalatos, perturbadores endocrinos, éter de petróleo, etc. Se autorizan aceites esenciales, extractos acuosos, alcohólicos e hidroalcohólicos, glicerina y extractos vegetales (extracto puro 100%).
– Antioxidantes y conservantes de síntesis (parabenes, fosfatos, óxidos tóxicos, vitamina E y C de síntesis y aceites esenciales de síntesis).

Se suelen utilizar los conservantes no tóxicos de origen natural, extractos sin disolventes sintéticos y sustancias tóxicas (alcohol/etanol de calidad ecológica, acido acético, cítrico, láctico, aguas florales ecológicas, de tanino, de vitamina E y C natural).

Si no existe una alternativa natural, se pueden tolerar conservantes producidos por reacción química: ácido benzoico, sus sales y su éster etílico (máximo 0,5% en el producto acabado), el ácido dehidroacético y sus sales (máximo 0,6% en el producto acabado).

Todas estas sustancias se deben mencionar en el envase como “agente conservador”, conforme a la Directiva de Cosmética Europea 76/768/CEE.

– Los disolventes de síntesis están prohibidos (alcohol no ecológico, acetona, aceites minerales y derivados provenientes del petróleo). Se suelen utilizar el agua, el etanol/alcohol de origen vegetal y de calidad ecológica, la miel ecológica, el azúcar ecológico, el vinagre y el vino ecológicos.

– Los aceites y grasas vegetales de síntesis como el ricino “Castor Oil” no están autorizados. Se suelen utilizar aceites grasos vegetales ecológicos como la manteca de coco, la glicerina etc.

– Los filtros de rayos ultravioleta de síntesis están prohibidos. Sólo se toleran los filtros vegetales o minerales como el extracto de café, de germen de trigo, dióxido de titanio u óxido de zinc.

No están autorizados los emulsionantes de síntesis como siliconas, correctores de PH (ácidos minerales), gelificantes (polímeros de síntesis), emulsionantes y tensioactivos (la familia de los glicoles) y el añadido de óxido de etileno, ceras y engrasantes (lubrificantes a base de silicona).

Sólo se autorizan procesos de fabricación sencillos y no contaminantes: procedimientos mecánicos como la trituración, la esterilización suave, el tamizado y los procesos químicos y físicos simples como la destilación al vapor de agua, la cocción, la fermentación, la hidratación etc.

Procesos pesados como la química del cloro (gas clorado y todo derivado del cloro), la irradiación, la ionización, los tratamientos al mercurio o al óxido de etileno están prohibidos en los productos cosméticos ecológicos certificados, al igual que la utilización de disolventes provenientes de la industria petroquímica (hexano, tolueno, benceno) y enzimas derivadas de OGM.

Lo esencial es mantener la estructura original del carbono orgánico. Las modificaciones químicas deben limitarse a los grupos funcionales con el fin de conservar el medioambiente y mantener la biodegradabilidad. Además, las sustancias transformadas deben provenir exclusivamente de materias primas renovables.

Los envases de la cosmética ecológica y natural deben ser reciclables y el proceso de su fabricación debe haberse llevado a cabo con el menor gasto energético posible. Asimismo, los envases no deben incluir policloruro de vinilo (PVC) ni poliestireno expandido, que pueden producir cloro.

Para los envases de la cosmética ecológica suelen utilizarse cartón reciclado, cristal y papel biodegradable al 100%. Del mismo modo, ciertos gases propulsores de origen petroquímico están prohibidos (propano, butano, isobutano, óxido de dimetil o dimetil eter ) y sólo se autorizan gases inertes tipo CO2.

Además, toda tecnología relacionada con la genética o la manipulación genética está prohibida y los cosméticos ecológicos jamás son probados en animales.

Fuente: Ladyverd

Papel higiénico respetuoso con el medio ambiente.

Papel higiénico respetuoso con el medio ambiente.

El productor de papel holandés Van Houtum ha creado Satino Black, el único papel de baño neutral con el CO2. Esta elaborado 100% con papel reciclado y a través de un proceso de producción respetuoso con el medio ambiente, además de ser tan suave y blanco como el papel higiénico normal.

“Muchos usuarios no saben que la mayor parte del papel de baño se sigue realizando con árboles, que se cortan por ese motivo en concreto. Esto es completamente innecesario. Este es el motivo por el que hemos fabricado Satino Black, que procede de papel reciclado al 100%”, comentó Henk van Houtum, director de Van Houtum. “Además, hemos desarrollado un nuevo proceso de producción durante los últimos dos años y medio con el fin de sustituir los dañinos productos químicos por medio de materiales y aditivos brutos degradables”.

Objetivos medioambientales

“El negro es el nuevo verde”, afirmó Nick op den Buijsch, responsable de concepto de responsabilidad social empresarial (CSR, por su sigla en inglés), de Van Houtum. “Los consumidores, compañías y gobiernos de todo el mundo solicitan requisitos de productos aún más astringentes, al mismo tiempo que desean disponer de contribuciones para mejorar el medio ambiente”. Satino Black se ha desarrollado para conseguir estar un paso más cerca de los objetivos medioambientales con un sencillo acto. Esto hace posible para todo el mundo conseguir que las contribuciones se lleven a cabo evitando el agotamiento de los recursos naturales de nuestro planeta. A lo verde le sienta bien el negro”.

El consumo de agua y energía para la producción de Satino Black ya es el más bajo en el mundo dentro de este segmento de mercado. Se garantiza la neutralidad de CO2 como resultado de la utilización de energía verde al 100%. Cradle to Cradle garantiza que los productos químicos utilizados para la producción de Satino Black se convierten en agentes auxiliares con degradación biológica y natural. Es inofensivo tanto para los humanos como para el medio ambiente.

Imagen: Henk Van Houtum

Fuente: Ecoticias

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